Casa desolada

Casa desolada

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No podía evitarlo; lo intenté con todas mis fuerzas, pero al estar allí a solas ante aquella presencia benévola, mirando a sus ojos tan amables y sentirme tan feliz y tan honrada allí, con el corazón tan henchido…

Le besé la mano. No sé lo que dije, ni siquiera si dije algo. Él se sintió tan desconcertado, que se acercó a la ventana, casi creí que con la intención de saltar por ella, y después se dio la vuelta y me tranquilicé al ver en sus ojos lo que se había ido a disimular. Me dio una palmadita suave en la cabeza y me senté.

—¡Vamos, vamos! —dijo—. Ya está. ¡Bah! No seas tonta.

—No volverá a ocurrir, señor —repliqué—, pero al principio resulta difícil…

—¡Bobadas! —dijo él—. Es muy fácil, muy fácil. ¿Por qué no? Me entero de que hay una huerfanita sin nadie que la proteja y se me ocurre la idea de protegerla yo. Crece y justifica sobradamente mi buena opinión, y yo sigo siendo su protector y amigo. ¿Qué tiene de raro todo eso? ¡Vamos, vamos! Bueno, ya está aclarado todo, y vuelvo a tener ante mí tu cara agradable, confiada y digna de confianza.


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