Casa desolada

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Me dije a mí misma: «¡Esther, querida mía, me sorprendes! ¡Verdaderamente, no era esto lo que esperaba de ti!», y tuvo tan buen efecto que crucé las manos sobre mi cesto de llaves y me recuperé totalmente. El señor Jarndyce manifestó su aprobación con un gesto y empezó a hablarme con tanta confianza como si yo tuviera el hábito de conversar con él todas las mañanas desde hacia no sé cuánto tiempo. Y casi tuve la sensación de que así era.

—Naturalmente, Esther —dijo—, tú no entiendes nada de todo este asunto de la Cancillería.

Y naturalmente negué con la cabeza.

—No sé quién lo entenderá —continuó—. Los abogados lo han retorcido hasta dejarlo tan enredado que los datos iniciales del asunto han desaparecido hace tiempo de la faz de la tierra. Se trata de un Testamento, y de los beneficiarios de ese Testamento, o de eso se trataba en un principio. Ahora ya sólo se trata de las Costas. Siempre estamos compareciendo, y desapareciendo, y jurando, e interrogando, y demandando y contrademandando, y argumentando, y sellando, y proponiendo, y remitiendo, e informando, y girando en torno al Lord Canciller y todos sus satélites, y avanzando tranquilamente hacia la muerte polvorienta, y siempre se trata de las Costas. Ésa es la gran cuestión. Todo lo demás, por algún medio extraordinario, ha desaparecido.


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