Casa desolada
Casa desolada —Pues sÃ, se trataba de un Testamento cuando todavÃa se trataba de algo —replicó—. Un tal Jarndyce, en mala hora, hizo una gran fortuna, e hizo un gran Testamento. En la cuestión de cómo se han de administrar los bienes dejados en ese Testamento se despilfarra la fortuna que el Testamento deja; los beneficiarios del Testamento quedan reducidos a una condición tan miserable que si hubieran cometido un crimen horrible, ya serÃa suficiente expiación el que les hubieran dejado ese dinero, y el Testamento en sà queda en letra muerta. A lo largo de toda la deplorable causa, todo lo que saben todos los que intervienen en ella, salvo un hombre, se remite a ese solo hombre que no sabe nada y que ha de averiguarlo, y a todo lo largo de la deplorable causa, todo el mundo tiene que recibir copias, una vez tras otra, de todo lo que se ha ido acumulando en torno a ella en forma de carretadas de papeles (o debe pagar por ellas aunque no las reciba, que es lo que suele ocurrir, porque nadie las quiere), y tiene que volver otra vez al principio, y volver a empezar, a lo largo de tal zarabanda infernal de costas y honorarios y tonterÃas y corrupciones como jamás se ha imaginado en las visiones más fantasiosas de un aquelarre. Equidad[23] hace preguntas a Derecho, que devuelve las preguntas a Equidad; el Derecho decide que no puede hacer tal cosa, Equidad averigua que no puede hacer tal otra; ninguno de los dos puede ni siquiera decir que no puede hacer nada, sin que el procurador informe y el abogado comparezca en nombre de A, y tal otro procurador informe y tal otro abogado comparezca en nombre de B, y asà hasta recorrer todo el alfabeto, como la historia del pastel de manzana en los Cuentos de Madre Gansa. Y asà pasamos años y años, y vidas y vidas, y todo continúa, y vuelve a empezar constantemente una vez tras otra, y nada termina jamás. Y no podemos salirnos del pleito bajo condición alguna, porque nos hicieron partes en él y hemos de ser partes en él, querámoslo o no. ¡Pero no hay que pensar en esas cosas! Cuando mi pobre tÃo-abuelo, el pobre Tom Jarndyce, empezó a pensar en ellas, ¡fue el principio del fin!