Casa desolada

Casa desolada

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—Señor, ¿es el señor Jarndyce cuya historia me han contado?

Asintió gravemente.

—Yo era su heredero, y ésta era su casa, Esther. Cuando llegué aquí era verdaderamente una casa desolada. Había dejado impresa en ella la huella de sus sufrimientos.

—¡Pues qué cambiada debe estar desde entonces! —comenté.

—Antes de él, la llamaban Los Picos. Fue él quien le dio su nombre actual, y aquí vivía encerrado día y noche, estudiando esos horribles montones de papeles del pleito, y esperando contra toda esperanza desenredarlo de sus mistificaciones y ponerle fin. Entre tanto, la casa se fue deshaciendo, el viento silbaba por las paredes agrietadas, la lluvia entraba por las goteras del techo y las malas hierbas cerraban la entrada de la puerta, que se iba pudriendo. Cuando traje aquí lo que quedaba de él, me pareció que también había saltado la tapa de los sesos de la casa, de lo destrozada y en ruinas que estaba.

Tras decir estas últimas palabras, que pronunció con un temblor, se paseó por la habitación, y después se detuvo a mirarme, alegró el gesto, se acercó y volvió a sentarse con las manos en los bolsillos.

—Ya te dije, hija mía, que éste era el Gruñidero. ¿Dónde estábamos?


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