Casa desolada

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—De manera que ya veo con toda claridad —me decía Richard— que tendré que abrirme camino por mi cuenta. ¡No importa! Mucha gente ha tenido que hacer lo mismo antes que yo, y ha salido adelante. Lo único que querría es tener el mando de un clipper corsario, para empezar, y así podría llevarme al Canciller y tenerlo a pan y agua hasta que fallara en nuestra causa. ¡Pronto iba a adelgazar ése si no se daba prisa!

Richard, con una alegría de ánimo y una moral que casi nunca decaían, tenía un carácter despreocupado que a veces me dejaba perpleja, sobre todo porque, aunque parezca raro, confundía aquello con la prudencia. Era algo que entraba de manera muy singular en todos sus cálculos sobre el dinero, y que creo que no puedo explicar de mejor manera que si recuerdo durante un momento nuestro préstamo al señor Skimpole.

El señor Jarndyce había averiguado la cantidad, no sé si por el propio señor Skimpole o por Coavinses, y había puesto el dinero en mis manos, con el encargo de que me quedase con la parte que me correspondía y le entregase el resto a Richard. La serie de pequeños gastos irreflexivos que Richard justificó con la recuperación de sus diez libras, y el número de veces que me mencionó esa suma como si la hubiera ahorrado o ganado, formarían conjuntamente toda una cantidad.


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