Casa desolada

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(Sir Leicester también iba a París, pero lo que interesaba al rumor del gran mundo era que fuese Milady).

El señor Tulkinghorn saca sus documentos, pide permiso para depositarlos en una mesa que es un talismán dorado puesto al lado de Milady, y empieza a leer a la luz de una lámpara de mesa.

«En Cancillería. Entre John Jarndyce…».

Milady interrumpe y le pide que prescinda de todas las pesadeces formales que sea posible.

El señor Tulkinghorn mira por encima de sus impertinentes y vuelve a empezar más abajo. Milady, distraída y despectivamente, va desviando su atención. Sir Leicester, sentado en un butacón, contempla la chimenea, y parece sentir un agrado ceremonioso por las reiteraciones y las prolijidades jurídicas, como si formaran parte de los bastiones de la nación. Da la casualidad de que donde está sentada Milady el fuego de la chimenea calienta mucho, y de que la pantalla de mano es más bonita que útil, y es inapreciable, pero pequeña. Milady cambia de postura y ve los papeles que hay en la mesa, los contempla más de cerca, cada vez más de cerca, y pregunta impulsivamente:

—¿Quién hizo esas copias?

El señor Tulkinghorn se interrumpe, sorprendido ante la agitación de Milady y su tono desusado.


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