Casa desolada
Casa desolada El aire de la habitación está casi lo bastante viciado para tener el mismo efecto, aunque no la hubiera apagado él. Es una habitación pequeña, casi negra de hollÃn, grasa y polvo. En una esquelética parrilla, encogida en el medio, como si le hubiera dado un pellizco la Pobreza, arden unas brasas de carbón. En el rincón junto a la chimenea hay una mesita y un escritorio roto, un páramo inundado por una lluvia de tinta. En otro rincón un portamantas viejo puesto encima de una de las dos sillas hace de armario o guardarropa, y no hace falta nada más grande, pues está tan vacÃo como la boca de un hambriento. El piso está desnudo, salvo una estera vieja y reducida a una serie de tiras deshilachadas que yace moribunda ante el hogar. No hay ninguna cortina que vele la oscuridad de la noche, pero las contraventanas descoloridas están cerradas, y por dos agujeritos taladrados en ellas podrÃa estar mirando el hambre, o el espÃritu fantasmal que ha perseguido el hombre que yace en la cama.