Casa desolada
Casa desolada NUESTRO QUERIDO HERMANO
Algo que toca la mano arrugada del abogado mientras éste se halla en el cuarto a oscuras lo sobresalta, y exclama:
—¿Qué pasa?
—Soy yo —replica el viejo dueño de la casa, dándole con el aliento en la oreja—. ¿No puede despertarle?
—No.
—¿Qué ha hecho usted con su vela?
—Se me ha apagado. Aquí está.
Krook la toma, se acerca al fuego, se inclina ante las ascuas rojas y trata de encenderla. Las brasas moribundas no le dan fuego, y sus intentos son vanos. El viejo murmura, tras llamar sin resultado a su huésped, que va a bajar para traer una vela encendida de la tienda, y se marcha. El señor Tulkinghorn, por algún nuevo motivo que se le ha ocurrido, no espera a que vuelva a la habitación, sino que sale a las escaleras.
Pronto se ve en la pared el brillo de la ansiada vela, cuando Krook vuelve a subir lentamente, con su gata de ojos verdes a los talones.
—¿Duerme generalmente así este hombre? —pregunta el abogado en voz baja.
—¡Je! No lo sé —dice Krook sacudiendo la cabeza y levantando las cejas—. No sé casi nada de sus costumbres; sólo que es muy reservado.