Casa desolada
Casa desolada Por eso no puede irse de ParÃs todo lo rápido que quisiera. Ante ella y tras ella se extiende el cansancio del alma: su Ariel[40] ha cinchado con él toda la Tierra, y esa cincha no se puede quitar, pero el remedio, aunque sea imperfecto, es huir siempre del último sitio donde se ha sufrido. Hay que dejar ParÃs atrás, pues, y cambiarlo por avenidas interminables y más avenidas de árboles invernales. Y la próxima vez que lo vea, que sea a unas leguas de distancia, con la Puerta de la Estrella como una mota blanca brillante al sol, y la ciudad como un mero cerro en la llanura, de la que surgen dos torres cuadradas y sombrÃas y sobre la cual caen de sesgo la luz y la sombra, como los ángeles en el sueño de Jacob.
Sir Leicester suele estar de buen humor, y raras veces se aburre. Cuando no tiene otra cosa que hacer, siempre puede contemplar su propia grandeza. Es una gran ventaja disponer de un tema tan inagotable. Tras leer sus cartas, se recuesta en un rincón del coche y considera, en general, su propia importancia para la sociedad.
—Tienes una cantidad desusada de correspondencia esta mañana, ¿no? —comenta Milady al cabo de un largo rato. Está cansada de leer. Casi ha leÃdo una página en veinte millas.
—Pero no me dice nada. Nada en absoluto.
—¿Me equivoco al pensar que he visto una de las largas efusiones del señor Tulkinghorn?