Casa desolada
Casa desolada Yo diría que aquello me hacía ser más tímida y retraída de lo que ya era por naturaleza, y hacía que mi Muñequita fuera la única amiga con la que me sentía a gusto. Pero cuando todavía era yo muy pequeña, pasó algo que me sirvió de mucho.
Nunca había oído hablar de mi mamá. Tampoco había oído hablar de mi papá, pero mi mamá me interesaba más. Que yo pudiera recordar, nunca me habían vestido de negro. Nunca me habían enseñado la tumba de mi mamá. Nunca me habían dicho dónde estaba. Pero tampoco me habían dicho que rezara por nadie más que por mi madrina. Más de una vez le había planteado estas ideas a la señora Rachael, nuestra única sirvienta, que era la que se me llevaba la luz cuando me acostaba (también ella era muy buena, pero austera conmigo), y no me había dicho más que: «¡Buenas noches, Esther!», y se iba y me dejaba sola.