Casa desolada

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La felicité (porque era a mí a quien se dirigía) por aquel aumento afortunado de sus ingresos, y le deseé que continuara mucho tiempo. No me pregunté cuál sería su origen ni quién sería tan humano y considerado. Mi Tutor estaba a mi lado contemplando los pájaros y no me hacía falta mirar más lejos.

—¿Y cómo llama usted a estos animalitos, señora? —preguntó con su tono agradable de siempre—. ¿Tienen algún nombre?

—Puedo responder por la señorita Flite que sí los tienen —dije yo—, porque nos prometió decírnoslos. ¿Te acuerdas, Ada?

Ada lo recordaba perfectamente.

—¿Sí? —preguntó la señorita Flite—. ¿Quién llama a la puerta? ¿Por qué está usted escuchando a mi puerta, Krook?

El viejo de la casa abrió la puerta y apareció con su gorra de piel en la mano y su gato a los talones.

—No estaba escuchando, señorita Flite —dijo—. Estaba a punto de llamar, pero ¡es usted tan rápida!

—Que se marche esa gata. ¡Que se vaya inmediatamente! —exclamó airada la anciana.

—¡Vamos, vamos! No hay ningún peligro, señores —dijo el señor Krook mirándonos lenta y atentamente uno por uno hasta el último—, jamás se tiraría a los pájaros conmigo delante, salvo que se lo dijera yo.


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