Casa desolada

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—¿De verdad? —replicó Krook, con una sonrisa—. Es usted muy duro con mi noble y erudito hermano al decir esas palabras, señor, aunque quizá sea natural en un Jarndyce. ¡Gato escaldado, señor mío! Pero veo que está usted mirando los pájaros de mi inquilina, señor Jarndyce—. El viejo había entrado poco a poco en el cuarto, hasta tocar ahora a mi Tutor en un codo, y se lo quedó mirando a la cara a través de las gafas—. Una de las rarezas que tiene es que nunca dice cómo se llaman los pájaros si puede evitarlo, aunque cada uno tiene su nombre—. Y añadió en un susurro—: ¿Quiere que se los diga, señorita Flite? —preguntó ya en voz alta, con un guiño e indicándola con la mano cuando ella se volvió de espaldas, haciendo como que limpiaba la chimenea.

—Si quiere —contestó ella secamente.

El viejo miró primero a las cajas, después a nosotros y recitó la lista:

—Esperanza, Alegría, Juventud, Paz, Reposo, Vida, Polvo, Cenizas, Despilfarro, Necesidad, Ruina, Desesperación, Locura, Muerte, Astucia, Tontería, Palabrería, Pelucas, Trapos, Pergamino, Saqueo, Precedente, Jerga, Necedad y Absurdo. Ésa es toda la colección —dijo el viejo—, toda ella enjaulada por mi noble y erudito hermano.

—¡Qué viento tan desagradable hace! —murmuró mi Tutor.


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