Casa desolada
Casa desolada Nos resultó muy difícil marcharnos de aquella casa. No fue la señorita Flite quien nos retuvo, pues era una persona de lo más delicado que cabe en cuanto a tener en cuenta los deseos de los demás. Fue el señor Krook. Parecía que le resultara imposible separarse del señor Jarndyce. Si hubiera estado atado a él no hubiera podido seguirlo más de cerca. Propuso mostrarnos su Tribunal de Cancillería, y todo el extraño batiburrillo que contenía; a lo largo de nuestra inspección (que él prolongó) se mantuvo al lado del señor Jarndyce, y a veces lo retenía, con un pretexto u otro, hasta que seguíamos adelante, como si estuviera atormentado por una inclinación a revelar algún tema secreto, que no acababa de decidirse a abordar. No puedo imaginar unos modales ni unos gestos más singularmente expresivos de cautela e indecisión, ni un impulso constante a hacer algo a lo que no acababa de atreverse, que la actitud de Krook aquel día. Vigilaba incesantemente a mi Tutor. Raras veces le apartaba los ojos de la cara. Si estaba a su lado, lo observaba con la mirada astuta de un viejo zorro blanco. Si se adelantaba, se volvía a mirarlo. Cuando nos parábamos, se ponía frente a él y se pasaba la mano ante la boca abierta, con una curiosa expresión de tener algún género de poder, y desviaba los ojos y bajaba las cejas grises hasta que parecía tener los ojos cerrados, mientras parecía escudriñar cada rasgo de la cara de mi Tutor.