Casa desolada
Casa desolada Por fin, tras recorrer toda la casa (siempre seguidos por la gata) y haber contemplado todas las existencias de restos variados, que verdaderamente eran curiosas, llegamos a la trastienda. AllÃ, en la tapa de un tonel puesto del revés, habÃa un tintero, varias plumas gastadas y unos cuantos programas de teatro sucios, y en la pared habÃa pegados diversos abecedarios impresos en grandes caracteres y con distintos tipos de letra.
—¿Qué hace usted aqu� —preguntó mi Tutor.
—Estoy tratando de aprender a leer y escribir.
—¿Y qué tal le va?
—Lento. Mal —respondió impaciente el viejo—. Resulta difÃcil, a mi edad.
—SerÃa más fácil que le enseñara alguien —observó mi Tutor.
—¡SÃ, pero a lo mejor me enseñaban mal! —replicó el viejo, con un brillo prodigiosamente suspicaz en la mirada—. No sé lo que he perdido por no haber aprendido antes. Y no quiero perder nada más si ahora me enseñan mal.
—¿Mal? —preguntó mi Tutor con su sonrisa bienhumorada—. ¿Y por qué cree que le iban a enseñar mal?