Casa desolada

Casa desolada

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Ahora hay más que andar, pero Jo, que ya no tiene las mismas sospechas que al principio, sigue las órdenes que se le han dado y no vuelve la cabeza. Por una serie de caminos tortuosos, que apestan a todo género de suciedades, llegan a un callejón como un túnel, al farol de gas (que ya está encendido) y a la puerta de hierro.

—Aquí es donde le dejaron —dice Jo agarrándose a los barrotes y mirando al interior.

—¿Dónde? ¡Ah, qué lugar más horrible!

—¡Ahí! —indica Jo—. Ahí mismo. En medio de esos montones de huesos al lado de la ventana de esa cocina. Le pusieron casi arriba del todo. Tuvieron que apisonar pá dejarle sitio. Si estuviera abierta la puerta, podría destaparles con mi escoba. Creo que por eso la cierran con llave —dice dándole una sacudida—. Siempre está cerrada. ¡Mire esa rata! —grita Jo, excitado—. ¡Eh! ¡Mire! ¡Ahí va! ¡Eh, se mete en la tierra!

La sirvienta se refugia en una esquina, en la esquina de ese arco horrible cuyas manchas mortíferas se le quedan en el vestido, y después alarga las manos, le dice apasionadamente que se aparte de ella, porque le da asco, y permanece inmóvil un momento. Jo se queda contemplándola y todavía sigue haciéndolo cuando la mujer se recupera.

—¿Es tierra consagrada este horrible lugar?


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