Casa desolada

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El señor Woodcourt parecía sentirse un tanto nervioso ante tanta garrulidad, pero era demasiado educado para dejarlo traslucir, y logró delicadamente desviar la conversación de modo que pudiera expresar agradecimiento a mi Tutor por su hospitalidad y por las horas tan felices —fue él quien dijo lo de las horas tan felices— que había pasado en nuestra compañía. Dijo que su recuerdo lo acompañaría a dondequiera que fuese, y siempre lo atesoraría. Así que, uno tras otro, le dimos la mano —por lo menos es lo que hicieron los demás—, y yo también, y él llevó los labios a la mano de Ada, así como a la mía, y se marchó a su largo, larguísimo viaje.

Estuve todo el día ocupadísima, y escribí instrucciones a los sirvientes de nuestra casa, y notas para mi Tutor, y le saqué el polvo a sus libros y papeles, y di muchas vueltas a mi manojo de llaves, primero en un sentido y después en otro. Al atardecer todavía seguía ocupada, y me hallaba cantando y trabajando junto a la ventana cuando ¡quién iba a aparecer, sino Caddy, a quien no esperaba ver en absoluto!

—¡Pero Caddy, cariño —exclamé—, qué flores tan bonitas!

Llevaba en la mano un ramillete exquisito.

—La verdad es que a mí también me lo parecen, Esther —replicó Caddy—. Son las más bonitas que he visto en mi vida.


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