Casa desolada

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—Lo raro del caso —dijo el señor Skimpole, con un sentido agudizado del ridículo— es que mis sillas y mis mesas no estaban pagadas, y sin embargo mi casero se las lleva con la mayor tranquilidad del mundo. ¡A mí eso me parece de lo más divertido! Tiene algo de grotesco. El que me vendió las sillas y las mesas nunca se comprometió a pagarle la renta a mi casero. ¿Por qué va mi casero a pelearse con él? Si tengo en la nariz un grano que resulta desagradable a la extraña idea de la belleza que tenga mi casero, éste no tiene por qué ponerse a apretarle la nariz al que me ha vendido las sillas y las mesas, porque él no es el que tiene el grano. ¡Me parece un razonamiento defectuoso!

—Bueno —dijo mi Tutor bienhumorado—, es evidente que quien saliera fiador de esas sillas y mesas, tendrá que pagarlas.

—¡Exactamente! —replicó el señor Skimpole—. ¡Ése es el máximo absurdo de todo este asunto! Ya le he dicho a mi casero: «Amigo mío, ¿no comprende usted que mi excelente amigo Jarndyce tendrá que pagar todo lo que se está usted llevando de manera tan poco delicada? ¿No tiene usted ningún respeto por su propiedad?». Pues no tuvo ninguno.

—Y rechazó todas tus propuestas —dijo mi Tutor.


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