Casa desolada

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Mientras se iban tomando esas disposiciones, se aplazó nuestra visita al señor Boythorn. Por fin, cuando Richard tomó posesión de su alojamiento, no quedaba nada que impidiera nuestra marcha. Dada la época del año, hubiera podido venir él también con nosotros, pero estaba gozando plenamente de la novedad de su nueva situación, y haciendo los esfuerzos más enérgicos por desentrañar los misterios del pleito fatal. Por consiguiente, nos fuimos sin él, y mi tesoro estaba encantada de poder elogiarlo por hallarse tan ocupado.

Hicimos un viaje agradable en coche hasta Lincolnshire, y gozamos de la agradable compañía del señor Skimpole. Según parecía, se le había llevado todos los muebles un personaje que se los había embargado el día del cumpleaños de su hija, la de los ojos azules, pero él parecía sentirse aliviado con la desaparición de todo aquello. Decía que las sillas y las mesas eran objetos aburridos, ideas monótonas, que no tenían variedad en su expresión, que lo miraban a uno con hosquedad y a las que uno miraba con hosquedad. ¡Cuánto más agradable, pues, era no estar vinculado por unas sillas y unas mesas concretas, y, por el contrario, volar como una mariposa entre todos los muebles de alquiler, pasar del palo de rosa a la caoba, y de la caoba al nogal, y de tal forma a cual otra, según de qué humor estuviera uno!


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