Casa desolada

Casa desolada

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Lady Dedlock volvió a quedarse contemplando la lluvia. Pronto empezó a amainar la tormenta. Escampó mucho la lluvia, cesaron los relámpagos, el trueno se fue alejando entre los cerros más distantes, y empezó a brillar el sol sobre las hojas húmedas y en medio de la lluvia. Mientras estábamos allí sentados, en silencio, vimos llegar un faetón tirado por ponies a buen paso.

—Vuelve el mensajero, Milady —dijo el guardabosques—, con el carruaje.

Cuando se acercó éste vimos que en su interior había dos personas. Quien primero descendió, con capas y chales, fue la francesa a la que ya había visto yo en la iglesia, y después aquella chica tan guapa; la francesa con aire desafiante, la chica guapa confusa y titubeante.

—¿Qué pasa? —preguntó Milady—. ¿Venís dos?

—Por ahora, Milady, yo soy su doncella —dijo la francesa—. El mensaje decía que viniera su doncella.

—Yo temí que se refiriese usted a mí, Milady —dijo la muchacha guapa.

—Me refería a ti, hija —replicó pausadamente su señora—. Ponme ese chal.


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