Casa desolada

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Agachó ligeramente los hombros para recibirlo, y la muchachita se lo colocó cuidadosamente. La señora no hizo caso de la francesa, que se quedó mirando y apretando los labios.

—Lamento —dijo Lady Dedlock al señor Jarndyce— que probablemente no podamos reanudar nuestra antigua amistad. Permítame usted que vuelva a enviar el carruaje a buscar a sus dos pupilas. Regresará inmediatamente.

Pero como él no quiso en absoluto aceptar el ofrecimiento, Milady se despidió cortésmente de Ada —no de mí— y, apoyando una mano en el brazo que él le ofreció, se metió en el carruaje, que era pequeño y con toldo.

—Ven, hija —dijo a la muchacha guapa—. Voy a necesitarte. ¡Vamos!

El carruaje se fue alejando, y la francesa, con los chales que había traído todavía en el brazo, se quedó de pie en el mismo sitio en el que se había apeado.




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