Casa desolada
Casa desolada —¿De nuestro amigo de la City? —sugiere el señor George, que bebe plácidamente.
—Si le parece… ¿Qué dos razones?
—En primer lugar —comienza diciendo el señor George, aunque sigue mirando a Judy, como si al ser tan vieja y tan parecida a su abuelo le diera igual dirigirse a la una o al otro—, me engañaron ustedes. Anunciaron que habÃa una buena noticia para el señor Hawdon (o el Capitán Hawdon, si prefiere usted; quien ha sido capitán siempre conserva ese tÃtulo).
—¿Y qué? —responde el viejo, con voz cortante y chillona.
—Bien —dice el señor George, que sigue fumando—. No creo que fuera una noticia muy buena el verse encarcelado por toda la pandilla de acreedores y de jueces de deudas de Londres.
—¿Cómo lo sabe usted? A lo mejor alguno de sus parientes ricos le habrÃa pagado sus deudas o llegado a algún acuerdo. Además, él nos habÃa engañado a nosotros. Nos debÃa a todos unas sumas enormes. Yo hubiera preferido estrangularlo antes que quedarme sin nada. Cuando me acuerdo de él me siguen dando ganas de estrangularlo —gruñe el anciano, levantando sus diez dedos inútiles. Y en acceso repentino de furia le tira un cojÃn a la inocente señora Smallweed, pero no acierta y el cojÃn cae inofensivo junto a la silla.