Casa desolada

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—No hace falta que me diga —responde el soldado, quitándose la pipa de la boca durante un momento, y apartando la vista de la trayectoria del cojín hacia la cazoleta de la pipa, cuyo contenido empieza a bajar— que gastaba mucho y estaba arruinado. He estado muchas veces a su derecha cuando cargaba contra la ruina a todo galope. He estado con él en la enfermedad y la salud, en la riqueza y en la pobreza. Le he dado esta mano cuando ya lo había gastado todo y destrozado todo lo que tenía…, cuando se llevó una pistola a la cabeza.

—¡Ojalá se la hubiera disparado! —dice el benévolo anciano—, ¡y se hubiera reventado la cabeza en tantos pedazos como libras debía!

—Demasiado estallido —replica serenamente el soldado—; en todo caso hubo una época en que era joven, tenía un gran porvenir y era atractivo, y me alegro de no habérmelo encontrado, cuando ya no tenía nada de eso, para ver lo que le esperaba. Ésa es la razón número uno.

—Espero que la número dos sea igual de buena —gruñe burlón el viejo.

—Pues no. Es más bien egoísta. Para encontrarlo, hubiera tenido que ir a buscarlo al otro mundo. Era donde estaba.

—¿Cómo sabe usted que estaba allí?

—No estaba en éste.

—¿Cómo sabe usted que no estaba en éste?


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