Casa desolada
Casa desolada El hombrecillo está vestido de forma que parece un maestro armero, con un delantal y un gorro de fieltro verde, y tiene la cara y las manos manchadas de pólvora y grasa, de tanto cargar las armas. Acostado bajo la luz, ante un blanco resplandeciente, el polvo que lo recubre brilla todavÃa más. A poca distancia de él está la mesa robusta, rudimentaria y primitiva, en la cual se halla el torno con el que ha estado trabajando. Es un hombrecillo cuya cara está llena de anfractuosidades y que, por el aspecto azulado y lleno de manchas de una de sus mejillas, parece haber sufrido una explosión en su trabajo, en una o más ocasiones.
—¡Phil! —exclama el soldado con voz pausada.
—¡Presente! —grita Phil, poniéndose en pie.
—¿Alguna novedad?
—Calma chicha —replica Phil—. Cinco docenas de escopeta y una docena de pistola. ¡Y qué punterÃa! —gime Phil al recordarlo.
—¡Pues a cerrar la tienda, Phil!