Casa desolada
Casa desolada —Es lo que pienso intentar —responde ella, secándose los ojos—. Pero esta noche, como estaba tan cansada y con los dolores de la fiebre, he estado pensando en todas las cosas con que va a tropezar. Mi hombre se opondrá, y le pegará, y verá cómo me pega a mÃ, y tendrá miedo de venir a casa, y se puede desviar del buen camino. Aunque yo me mate a trabajar por él con todas mis fuerzas, no tengo a nadie que me ayude, y si se hace malo, haga yo lo que haga, y si llega un dÃa en que cuando le esté velando el sueño le veo cambiado y endurecido, ¿no le parece normal que cuando le veo dormido en mis brazos piense que más le valdrÃa morirse, igual que se murió el de Jenny?
—¡Vamos, vamos! —dice Jenny—. Liz, estás cansada y enferma. Déjamele a mÃ.
Y al tomarlo en brazos desplaza la pañoleta de la madre, pero se la vuelve a arreglar rápidamente sobre el seno herido y contusionado en el que reposaba el bebé.