Casa desolada

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—Es mi hijo muerto —dice Jenny, que se pasea arriba y abajo arrullando al bebé— el que me hace querer tanto a este niño, y es mi hijo muerto el que hace que ella también le quiera tanto y hasta pensar que se le pueden quitar. Mientras ella piensa en eso, yo pienso en la suerte que sería si pudiera recuperar a mi cariñín. ¡Pero las dos pensamos en lo mismo, aunque no lo sepamos decir bien, porque somos unas pobres desgraciadas!

Mientras el señor Snagsby se suena la nariz y emite una tosecilla de solidaridad, se oyen pisadas fuera. El señor Bucket ilumina la puerta con su linterna y pregunta al señor Snagsby:

—¿Y qué dice usted del Chico Duro? ¿Es éste?

—Es Jo —dice el señor Snagsby.

Jo aparece estupefacto e inmóvil en medio del círculo de luz, como una figura harapienta en el centro de una linterna mágica, tembloroso al pensar que ha infringido la ley por no haber circulado lo suficiente. Sin embargo, como el señor Snagsby lo consuela con la seguridad de que «no se trata más que de un trabajo que te van a pagar, Jo», se recupera, y cuando el señor Bucket se lo lleva afuera para sostener una pequeña conversación en privado, cuenta su historia satisfactoriamente, aunque sin aliento.


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