Casa desolada

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—Ya lo he arreglado con el chico —dice el señor Bucket a su regreso—, y todo está en orden. Ahora estamos pendientes de usted, señor Snagsby.

Primero, Jo tiene que terminar su buena obra y entregar la medicina que ha ido a buscar, cosa que hace con las lacónicas instrucciones siguientes: «Hay que tomarlo de golpe». Después, el señor Snagsby tiene que dejar en la mesa media corona, su panacea universal para una variedad inmensa de aflicciones. En tercer lugar, el señor Bucket tiene que tomar a Jo por el brazo, un poco encima del codo, para que ande un poco por delante de él, sin cuyo ritual no se podría llevar profesionalmente al Chico Duro ni a ningún otro sujeto a Lincoln’s Inn Fields. Una vez adoptadas esas disposiciones, desean buenas noches a las dos mujeres y vuelven a salir a la oscuridad y la fetidez de Tomsolo.

Salen de allí gradualmente por los mismos caminos malolientes por los que descendieron a aquel abismo; rodeados de una multitud que va y viene y silba y los acecha, hasta llegar al límite donde devuelven las linternas al agente. Allí, la multitud, cual un grupo de demonios enjaulados, se da la vuelta dando gritos, y desaparece. Van primero a pie y luego en coche por calles más despejadas y más frescas, por calles que jamás hasta ahora le habían parecido al señor Snagsby tan claras y tan frescas, hasta llegar a la puerta del señor Tulkinghorn.


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