Casa desolada
Casa desolada Mientras suben las sombrÃas escaleras (pues las oficinas del señor Tulkinghorn están en el primer piso), el señor Bucket menciona que lleva en el bolsillo la llave de la puerta de fuera, y que no hace falta llamar. Para una persona tan experta en este género de cosas, Bucket tarda en abrir la puerta, y además hace bastante ruido. Quizá esté advirtiendo de su llegada.
En todo caso, por fin llegan al vestÃbulo, donde arde una lámpara, y pasan al despacho habitual del señor Tulkinghorn, donde estaba bebiendo su vino añejo esta noche. No está él, pero sà están sus dos anticuados candelabros, y el aposento está medianamente iluminado.
El señor Bucket, que sigue agarrando profesionalmente a Jo, y parece al señor Snagsby estar dotado de un número ilimitado de ojos, da unos pasos por el interior del despacho cuando Jo da un respingo y se para.
—¿Qué pasa? —pregunta Bucket, en susurros.
—¡Ahà está! —exclama Jo.
—¿Quién?
—¡La señora!
En medio del aposento, donde cae la luz sobre ella, hay una figura femenina, envuelta en velos. Está inmóvil y en silencio. La figura está frente a ellos, pero no hace caso de su entrada y sigue erguida como una estatua.