Casa desolada

Casa desolada

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—Ahora, dime cómo sabes que es esa señora —inquiere el señor Bucket, en voz alta.

—Conozco ese velo —replica Jo, mirando fijamente—, y el sombrero, y el vestío.

—No te vayas a equivocar, Duro —advierte Bucket, que lo observa atento—. Fíjate bien.

—Me estoy fijando tó lo que puedo —dice Jo con los ojos desorbitados— y es el mismo velo, el mismo sombrero y el mismo vestío.

—¿Y los anillos que me dijiste? —pregunta Bucket.

—Son ésos que le brillan —dice Jo, frotándose los dedos de la mano izquierda con los nudillos de la derecha, sin apartar la mirada de la figura.

Ésta se quita el guante derecho y muestra la mano.

—Y ahora, ¿qué dices? —pregunta Bucket.

Jo niega con la cabeza:

—No son esos anillos, ni ná. No es la misma mano.

—¿Qué dices? —repite Bucket, aunque evidentemente se siente complacido, y mucho.

—La otra tenía la mano mucho más blanca, mucho más delicá y mucho más chica.

—Bueno, y a la próxima me vas a decir que yo soy mi madre —dice el señor Bucket—. ¿Te acuerdas de la voz de la señora?


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