Casa desolada

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CAPÍTULO XXIII

LA NARRACIÓN DE ESTHER

Volvimos a casa después de pasar seis semanas muy agradables en la del señor Boythorn. Salíamos a menudo al parque, y raras veces pasábamos junto al Pabellón en el que nos habíamos refugiado, sin entrar a hablar con la mujer del guardabosques, pero no volvimos a ver a Lady Dedlock más que los domingos, en la iglesia. En Chesney Wold había invitados, y aunque ella estaba rodeada de caras hermosas, la suya seguía manteniendo para mí la misma fascinación que la primera vez. Ni siquiera ahora estoy del todo segura de si aquello era doloroso o agradable; de si me atraía a ella o me alejaba de ella. Creo que la admiraba con una especie de temor, y sé que en su presencia mis ideas siempre retrocedían, igual que la primera vez, a aquellos tiempos de mis primeros años.

En más de uno de aquellos domingos llegó a ocurrírseme que lo mismo que tan curiosamente representaba aquella dama para mí, lo representaba yo para ella; quiero decir que yo inquietaba sus pensamientos tanto como ella influía en los míos, aunque de forma diferente. Pero cuando la miraba a hurtadillas y la veía tan compuesta, tan distante e inaccesible, pensaba que aquello era una debilidad tonta de mi parte. De hecho, consideraba que todo mi estado de ánimo a su respecto era débil e irracional, y trataba de corregirlo en todo lo posible.


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