Casa desolada

Casa desolada

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—¡Muy bien! —dijo ya en voz alta el Lord Canciller—. Dictaré la orden. El señor Jarndyce de Casa Desolada ha escogido, a mi entender —y esto lo dijo mirándome a mí— una excelente señorita de compañía para esta señorita, y esta disposición parece, con mucho, la mejor que admiten las circunstancias.

Se despidió de nosotros con frases amables, y todos salimos muy agradecidos a él por su cortesía y su afabilidad, con las cuales, desde luego, no había perdido ninguna dignidad, sino que nos parecía haber ganado más dignidad. Cuando salimos bajo la columnata, el señor Kenge recordó que tenía que volver un momento a preguntar algo, y nos dejó en medio de la niebla, mientras el carruaje y los sirvientes del Lord Canciller esperaban a que saliera éste.

—¡Bueno! —dijo Richard Carstone—. ¡Eso ya se ha terminado! ¿Y dónde vamos ahora, señorita Summerson?

—¿No lo saben ustedes? —pregunté.

—En absoluto —me dijo.

—Y tú, cariño mío, ¿tampoco lo sabes? —pregunté a Ada.

—¡No! —dijo—. ¿Y tú?

—¡En absoluto! —repliqué.


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