Casa desolada
Casa desolada Nos pusimos tan parlanchines aquella noche, porque Ada y mi Tutor no hacÃan más que preguntarme acerca de Caddy, que seguà charla que te charla durante mucho tiempo. Por fin subà a mi habitación, toda ruborizada al pensar en lo mucho que habÃa hablado, y después oà un toquecito en mi puerta. Dije: «¡Adelante!», y entró una muchachita muy guapa, vestida totalmente de luto, que me hizo una reverencia.
—Permiso, señorita —dijo la niña con voz suave—. Soy Charley.
—Efectivamente —dije inclinándome asombrada, y le di un beso—. ¡Cuánto me alegro de verte, Charley!
—Permiso, señorita —continuó Charley con la misma vocecita—; soy su doncella.
—¿Charley?
—Permiso, señorita, soy un regalo que le hace a usted el señor Jarndyce con todo su cariño.
Me senté con una mano puesta en el cuello de Charley y la contemplé.