Casa desolada
Casa desolada —Aquà al lado —dijo el señor Guppy—. No hay más que torcer por Chancery Lane y cortar por Holborn, y llegamos en cuatro minutos, segundo más o menos. ¡Esto sà que es puré de guisantes!, ¿eh, señorita? —ParecÃa celebrarlo muchÃsimo por mÃ.
—¡Ciertamente, la niebla es muy densa! —contesté.
—Claro que a usted no le afecta —dijo el señor Guppy mientras plegaba la escalerilla del coche—. Por el contrario, parece sentarle bien, señorita, a juzgar por su aspecto.
Comprendà que al hacerme aquel cumplido tenÃa buena intención, asà que me reà de mà misma por sonrojarme ante él cuando cerró la portezuela y subió al pescante del coche, y los tres nos reÃmos y estuvimos hablando de nuestra inexperiencia y de lo extraño que era Londres, hasta dar la vuelta bajo un arco, y llegar a nuestro destino: un callejón de casas altas, como una cisterna oblonga para contener la niebla. HabÃa un grupito confuso de gente, sobre todo niños, reunido en torno a la casa en la que nos paramos, que tenÃa una placa de latón sucio en la puerta con un letrero: JELLYBY.
—¡No se asusten! —dijo el señor Guppy, que metió la cabeza por la ventanilla—. Parece que uno de los Jellyby chicos ha metido la cabeza entre los barrotes de la barandilla de la entrada.