Casa desolada
Casa desolada —Entonces, ¿quiere usted venir a ver al abogado? Mi querido amigo, ¿querrá usted venir a ver a ese caballero? —exhorta el Abuelo Smallweed, que saca un viejo reloj de plata muy plano con unas manos flacas como las piernas de un esqueleto—. Le dije que era probable que pudiera ir a visitarle entre las diez y las once de la mañana, y ya son las diez y media. ¿Querrá usted venir a ver a ese caballero, señor George?
—¡Ejem! —es la grave respuesta—. No me importarÃa. Aunque no entiendo por qué le importan tanto a usted.
—A mà me importa todo, si tengo una oportunidad de sacar algo a la luz en relación con él. ¿No nos ha engañado a todos? ¿No nos debÃa a todos sumas inmensas? ¿Por qué me importa? ¿A quién le puede importar más que a mà todo lo que se refiera a él? No es, amigo mÃo —dice el Abuelo Smallweed bajando la voz—, que pretenda yo que vaya usted a traicionar nada. Lejos de mÃ. ¿Querrá usted venir, mi querido amigo?
—¡SÃ! Iré dentro de un minuto. Pero desde luego no prometo nada.
—No, mi querido señor George, no.
—¿Y pretende usted decirme que me va usted a llevar a su casa, dondequiera que esté, sin cobrarme el coche? —pregunta el señor George, mientras saca el sombrero y sus gruesos guantes de cuero.