Casa desolada

Casa desolada

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—No hay de qué, señor mío. ¡Por favor, no tiene importancia!

Y cuando los tres estábamos camino de casa, comenté:

—Espero que este matrimonio sea para bien, Tutor.

—Eso espero, mujercita. Paciencia. Ya veremos.

—¿Sopla hoy viento de Levante? —me aventuré a preguntar.

Se rió mucho, y contestó:

—No.

—Pero creo que esta mañana sí soplaba —dije yo.

Volvió a contestar que no, y aquella vez mi niñita también dijo que no, y meneó la adorable cabecita, que, con el ramillete de flores que tenía en el pelo dorado, era como la verdadera imagen de la Primavera.

—Sí que sabes tú mucho de los vientos de Levante feíta mía —le dije, besándola admirada; no pude contenerme.

¡Bueno! Ya sé que no era más que por lo mucho que me querían, y hace mucho tiempo de esto. Tengo que escribirlo, aunque después vuelva a borrarlo, porque me agrada mucho. Dijeron que no podía soplar viento de Levante donde había presente Alguien; dijeron que donde iba la señora Durden brillaba el sol y el aire era el del verano.


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