Casa desolada

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CAPÍTULO XXXI

ENFERMERA Y PACIENTE

No hacía muchos días que había vuelto yo a casa cuando una tarde subí a mi habitación a ver lo que estaba escribiendo Charley en su cuaderno. A Charley le resultaba muy difícil aprender a escribir, y no parecía que pudiera dominar a la pluma, sino que en su mano la pluma aparentaba adquirir una animación perversa, y saltaba y se encabritaba, se detenía de repente, corveteaba y gambeteaba, como un caballo indómito. Resultaba algo muy extraño ver qué letras tan raras iba formando la manita de Charley, por lo encogidas, deformes y tambaleantes que le salían, cuando aquella manita era tan regordeta y torneada. Pero Charley hacía muy bien todo lo demás, y tenía unos deditos de lo más diestros para todo género de cosas.

—Bueno, Charley —le dije al ver una copia de la letra «O» que estaba representada como algo cuadrado unas veces, triangular otras, o en forma de pera o de mil otras formas—, parece que vamos mejorando. Si logramos que salga redonda, Charley, estará perfecta.

Entonces hice yo una, y Charley hizo otra, y la pluma no sacó entera la «O» de Charley, sino que la convirtió en un nudo.

—No importa, Charley; con el tiempo nos saldrá bien.


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