Casa desolada

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Charley dejó la pluma en la mesa, porque había terminado de copiar; abrió y cerró la manita crispada, miró gravemente a la página, medio orgullosa, medio dudosa, se levantó y me hizo una reverencia.

—Gracias, señorita; ¿conocía usted a una pobre mujer que se llama Jenny, con su permiso, señorita?

—¿Una que estaba casada con un ladrillero, Charley? Sí.

—Pues vino a hablar conmigo cuando salí hace un rato, y me dijo que la conocía a usted, señorita. Me preguntó si no era yo la doncella de la señorita, o sea, de usted, señorita, y le dije que sí, señorita.

—Creía que se había ido de aquí, Charley.

—Y se había ido, señorita, pero ha vuelto a casa, señorita, ella y Liz. ¿Conocía usted a otra pobre mujer que se llama Liz?

—Creo que sí, Charley, aunque no me acuerdo de cómo se llamaba.

—¡Eso fue lo que dijo ella! —comentó Charley—. Han vuelto las dos señorita, después de mucho andar por ahí.

—¿Mucho andar por ahí, Charley?


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