Casa desolada
Casa desolada —SÃ, señorita. —Si Charley hubiera podido hacer las letras tan redondas como ponÃa ahora los ojos al mirarme, hubiera sido excelente—. Y la pobre vino a casa tres o cuatro dÃas, esperando verla a usted, señorita; dijo que no querÃa más que eso, pero usted no estaba. Entonces fue cuando me vio a mà —dijo Charley con una risita breve, encantada y orgullosa—, ¡y pensó que yo tenÃa el aspecto de ser su doncella de usted!
—¿De verdad, Charley?
—¡SÃ, señorita! ¡De verdad se lo digo! —Y Charley, con otra risita breve y encantada, volvió a abrir mucho los ojos, y después puso el gesto de seriedad apropiado para mi doncella. Yo nunca me cansaba de ver cómo disfrutaba Charley con aquel honor, cómo se erguÃa ante mà con aquella cara y aquel cuerpo tan aniñados y aquellos modales tan firmes, y cómo se advertÃa en medio de todo aquello su alegrÃa infantil.
—¿Y dónde la viste, Charley? —le pregunté.
A mi doncellita se le entristeció la cara al replicar:
—Junto a la clÃnica del doctor, señorita. —Porque Charley todavÃa estaba de luto.