Casa desolada

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Pregunté si la mujer del ladrillero estaba enferma, pero Charley me dijo que no. Era un chico. Un chico que estaba en casa de aquella mujer, que había llegado a pie a Saint Albans y que seguía a pie no sabía adónde. Un pobre chico, dijo Charley. No tenía ni padre, ni madre, ni nadie. «Como podía haberle pasado a Tom, señorita, si después de padre nos hubiéramos muerto Emma y yo», dijo Charley, a quien se les llenaron de lágrimas los ojazos redondos.

—¿Y le iba a comprar medicinas, Charley?

—Me dijo, señorita —respondió Charley—, que él había hecho lo mismo por ella.

Mi doncellita tenía un gesto tan preocupado, y tenía las manos tan apretadas mientras me miraba, que no me resultó difícil leer sus pensamientos, y le dije:

—Bueno, Charley, me parece que lo mejor que podemos hacer es ir a casa de Jenny, a ver qué pasa.

La alacridad con la que Charley me trajo el sombrero y el velo, y con que, después de ayudarme a vestirme, se arrebujó de manera tan rara en su cálido chal, de modo que parecía una viejecita, bastó para expresar lo dispuesta que estaba. De modo que nos fuimos, Charley y yo, sin decir nada a nadie.


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