Casa desolada
Casa desolada Era una noche fría y desapacible, y los árboles se agitaban con el viento. Todo el día había estado cayendo una lluvia constante y densa, y los anteriores, también. Pero en aquel momento no llovía. Había aclarado en parte, pero seguía muy cubierto, incluso por encima de nosotras, donde se divisaban algunas estrellas. En el Norte y el Noroeste, donde se había puesto el sol hacía tres horas, se veía una luz pálida y mortecina, que era al mismo tiempo atractiva e inquietante, y hacia ella apuntaban ondulantes unos filamentos largos y grises de nubes, como un mar que se hubiera quedado inmovilizado en su oleaje. En la dirección de Londres se advertía un resplandor lívido sobre el páramo oscurecido, y el contraste entre aquellas dos luces, y la visión que sugería la luz más roja de un fuego sobrenatural que luciera sobre todos los edificios invisibles de la ciudad, y sobre todos los millares de rostros de sus asombrados habitantes, prestaba a todo una enorme solemnidad.