Casa desolada
Casa desolada Aquella noche no tenÃa yo la menor idea, ni la más mÃnima, de lo que pronto iba a ocurrirme. Pero después siempre he recordado que cuando nos detuvimos en la puerta del jardÃn a contemplar el cielo, y cuando seguimos nuestro camino, tuve por un momento la impresión indefinible de mà misma como algo diferente de lo que era en aquel momento. Sé que fue justo en aquel momento cuando la experimenté. Desde entonces siempre he relacionado aquella sensación con el lugar y el momento exactos, con las voces distantes que llegaban del pueblo, los ladridos de un perro y el ruido de unas ruedas que bajaban por una cuesta embarrada.
Era un sábado por la noche, y casi toda la gente que vivÃa en el sitio al que Ãbamos nosotras estaba bebiendo en otra parte. Todo estaba más tranquilo que en mi última visita, pero igual de miserable. Los hornos estaban encendidos, y hasta nosotros llegaba un vapor sofocante con un resplandor azul pálido.