Casa desolada
Casa desolada Llegamos a la casita, en cuya ventana medio rota ardÃa débilmente una vela. Llamamos a la puerta y entramos. La madre del niño que habÃa muerto estaba sentada en una silla junto a un pobre fuego, cerca de la cama, y frente a ella, un chico con muy mal aspecto se acurrucaba en el suelo, apoyado en la chimenea. TenÃa bajo el brazo, como si fuera un paquetito, un trozo arrancado de un gorro de piel, y aunque trataba de calentarse, tiritaba tanto que la puerta y la ventana desvencijadas también temblaban. El aire estaba más enrarecido que la última vez, con un olor malsano y muy raro.
Cuando dirigà la palabra a la mujer, que fue en el momento de entrar, no me habÃa levantado el velo. Instantáneamente, el muchacho se puso en pie como pudo y se me quedó mirando con una extraña expresión de sorpresa y terror.
Reaccionó con tal rapidez, y era tan evidente que aquello era por causa mÃa, que me detuve, en lugar de seguir avanzando.
—No quiero golver al cementerio —murmuró el chico—. ¡Le digo que no voy a golver!
Me levanté el velo y me dirigà a la mujer. Ésta me dijo, en voz baja:
—No haga caso, señora. Ya le volverá el juicio —y a él le dijo—: Jo, Jo, ¿qué pasa?
—¡Ya sé a qué ha venÃo ésa! —gritó el chico.