Casa desolada
Casa desolada Baja las escaleras y el señor Guppy trata de calmarse ante el fuego, en previsión de una larga espera. Pero no han pasado ni dos minutos cuando chirrÃan las escaleras y vuelve Tony corriendo.
—¿Ya las tienes?
—¡Tener qué! No. No está el viejo.
En el breve intervalo transcurrido se ha llevado tal susto que contagia su temor al otro, el cual se le echa encima y le pregunta en voz alta:
—¿Qué ha pasado?
—No logré que me oyera y abrà la puerta despacito para mirar. Y el olor a quemado viene de allÃ, y el hollÃn viene de allÃ, y el lÃquido viene de allÃ, ¡pero él no está allÃ! —termina de decir Tony con un gemido.
El señor Guppy toma la vela. Bajan, más muertos que vivos, y apoyándose el uno en el otro, abren de un empujón la puerta de la trastienda. La gata está al lado de la puerta y enseña los dientes, pero no a ellos, sino a algo que hay en el suelo, frente a la chimenea. En la rejilla no quedan sino unas brasas, pero en la habitación flota un vapor sofocante y maloliente, y las paredes y el techo están recubiertos de una capa grasienta de color oscuro. Las sillas y la mesa, y la botella que suele haber encima de la mesa, están como de costumbre. Del respaldo de una de las sillas cuelgan la gorra de pelo y la levita del viejo.