Cuentos de Navidad

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—No creo que tenga modo de saber —prosiguió Clemency— que ellos la perdonan de todo corazón, cuánto la aman, cómo se alegrarían de volver a verla. Puede que ella se sienta temerosa de ir a su casa. Tal vez verme la alentaría. Tan solo dígame, sinceramente, señor Warden, ¿está con usted?

—No —contestó él, sacudiendo la cabeza.

Su respuesta, así como su talante, su negro atuendo, su discreto regreso y su anunciada intención de seguir viviendo en el extranjero lo explicaban todo. Marion estaba muerta.

Él no la contradijo; ¡sí, estaba muerta! Clemency se sentó, hundió la cara en la mesita y lloró.

En ese instante, un anciano caballero de pelo cano entró corriendo y resollando hasta el punto de que su voz apenas era reconocible como la del señor Snitchey.

—¡Cielo santo, señor Warden! —dijo el abogado, llevándolo a un lado—, ¿qué es lo que le ha arrastrado… —él mismo parecía también haber llegado arrastrándose y fue incapaz de proseguir hasta hacer una pausa, tras lo cual añadió con voz débil— hasta aquí?

—Un viento adverso, me temo —contestó—. Si hubiese oído lo que acaba de decirse aquí…, cómo se me ha rogado y suplicado llevar a cabo algo imposible…, ¡qué confusión y aflicción cargo sobre mis espaldas!


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