Cuentos de Navidad

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—Me hago una idea. Pero ¿por qué ha venido a esta casa, mi buen señor? —repuso Snitchey.

—¡A esta casa! ¿Cómo iba a saber quién la regentaba? Después de enviarle a mi sirviente, vine paseando hasta aquí porque este lugar es nuevo para mí, y siento una curiosidad natural por todo lo nuevo y lo viejo de estos antiguos escenarios, y porque se encuentra fuera de la ciudad. Quería ponerme en contacto con usted antes de personarme allí. Quería saber lo que iba a decirme la gente. Deduzco de su semblante que usted podría habérmelo dicho. De no haber sido por su condenada cautela, hace ya mucho tiempo que habría estado al corriente de todo.

—¡Nuestra cautela! —replicó el abogado—. Hablo por mí y por… Cragss…, el difunto Craggs —en este punto el señor Snitchey, dirigiendo una mirada a la cinta de su sombrero, sacudió la cabeza—, ¿cómo es usted capaz de responsabilizarnos, señor Warden? Existía entre nosotros el acuerdo tácito de no volver a hacer referencia a este asunto, y de que no era un asunto en el que hombres serios y formales como nosotros (tomé nota de sus observaciones en el momento) pudiesen interferir. ¡Nuestra cautela! Cuando el señor Craggs, señor, bajó a su respetada tumba con la plena creencia de…


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