Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad —Hice la solemne promesa de guardar silencio hasta que regresara, fuese cuando fuese —lo interrumpió el señor Warden—, y la he cumplido.
—Bien, señor, se lo repito —replicó el señor Snitchey—: nosotros también estábamos obligados a guardar silencio. Estábamos obligados a guardar silencio en nuestro deber para con nosotros mismos y en nuestro deber para con determinados clientes, usted entre ellos, que eran absolutamente confidenciales. No era de nuestra incumbencia interrogarle acerca de un asunto tan delicado. Yo albergaba mis sospechas, señor, pero apenas hace seis meses que supe la verdad y que tuve la certeza de que usted la habÃa perdido.
—¿De boca de quién? —preguntó su cliente.
—Del propio doctor Jeddler, señor, quien finalmente depositó en mà voluntariamente esa confidencia. Él, y solo él, ha sabido toda la verdad durante años y años.
—¿Y usted la sabe? —dijo su cliente.