Cuentos de Navidad

Cuentos de Navidad

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El mañana llegó en la forma de un día radiante y sosegado, y en ningún lugar se veían más hermosos los matices del otoño que desde el tranquilo huerto de la casa del doctor. Las nieves de muchos inviernos se habían derretido sobre aquella tierra, las hojas marchitas de muchos veranos habían crujido allí, desde que ella se había fugado. El porche de madreselva volvía a estar verde, los árboles proyectaban abundantes y cambiantes sombras sobre la hierba, el paisaje lucía tranquilo y sereno como siempre, pero ¿dónde estaba ella?

Allí no. Allí no. Habría sido ya una presencia extraña en su antiguo hogar, más incluso de lo que lo había sido aquel hogar al principio sin ella. Pero había una dama sentada en aquel lugar familiar de cuyo corazón ella nunca había desaparecido, en cuya fiel memoria ella vivía, inmutable, joven, radiante de todas las promesas y esperanzas, en cuyo afecto —el afecto de una madre, pues su hija, una preciosa niña, jugaba a su lado— no conocía rival ni sucesor, y en cuyos suaves labios su nombre temblaba.

El espíritu de la muchacha perdida asomaba por aquellos ojos. Los ojos de Grace, su hermana, sentada con su esposo en el huerto el día de su aniversario de boda, y también el del cumpleaños de él y de Marion.


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