Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad —No, no podrá, ¡o devolverÃa al señor Craggs…, al difunto señor Craggs! —contestó el abogado—. Pero quizá traiga consigo circunstancias reconfortantes, podrÃa traer algún consuelo. ¡Espere hasta mañana!
Y asà Clemency, estrechando la mano que él le ofreció, dijo que lo harÃa; y Britain, que se habÃa mostrado terriblemente descorazonado ante la imagen de su abatida esposa —que era como la de un negocio en horas bajas—, dijo que eso estaba bien; y el señor Snitchey y Michael Warden subieron la escalera y pronto se vieron enfrascados en una conversación conducida con tal cautela que ni el menor murmullo resultó audible sobre el estrépito de fuentes y platos, el siseo de la sartén, el borboteo de las cacerolas, el grave y monótono vals del espetón —con un aterrador chasquido cada poco, como si se hubiese golpeado la cabeza en un accidente mortal por un acceso de vértigo—, y el resto de los preparativos para la cena que tenÃan lugar en la cocina.