Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad —Al señor Craggs, señor —comentó Snitchey—, la vida no le resultó, lamento decirlo, tan fácil de sobrellevar y conservar como defendÃa su teorÃa, o de lo contrario ahora se encontrarÃa entre nosotros. Ha supuesto una gran pérdida para mÃ. Era mi brazo derecho, mi pierna izquierda, mi oreja derecha, mi ojo derecho; eso era el señor Craggs. Me siento paralÃtico sin él. Legó su participación del negocio a la señora Craggs, a sus albaceas, a sus administradores y a sus cesionarios. Su nombre sigue figurando en el bufete. A veces, de un modo infantil, intento fingir que está vivo. Habrá observado que hablo por mà y por Craggs…, el difunto Craggs, señor…, difunto —dijo el conmovido abogado agitando un pañuelo de bolsillo.
Michael Warden, que no habÃa dejado de observar a Clemency, se volvió hacia el señor Snitchey cuando este dejó de hablar y le susurró al oÃdo.
—¡Ah, pobre criatura! —dijo Snitchey, sacudiendo la cabeza—. SÃ, siempre fue fiel a Marion. Siempre la adoró. ¡La hermosa Marion! ¡Pobre Marion! AnÃmese, señora… Usted ya está casada ahora, Clemency.
Clemency se limitó a suspirar y sacudió también la cabeza.
—¡Bien, bien! Espere hasta mañana —dijo el abogado, con ternura.
—El mañana no podrá devolver los muertos a la vida, señor —dijo Clemency entre sollozos.