Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad ¡Ah! ¿Qué era aquello que emergía de su sombra y se apostaba en su umbral? ¿Aquella figura, con su atuendo blanco susurrando al aire vespertino, la cabeza reclinada sobre el pecho de su padre y apretada contra su afectuoso corazón? ¡Oh, Dios! ¿Era una visión aquello que se arrancaba de los brazos del anciano y, profiriendo un grito y agitando las manos, se precipitaba hacia ella en su amor infinito y se hundía en su abrazo?
—¡Oh, Marion, Marion! ¡Oh, mi hermana! ¡Oh, amor de mi corazón! ¡Oh, qué dicha y felicidad indecibles volver a verte!
¡No era un sueño, ni un fantasma invocado por la esperanza y el miedo, sino Marion, la dulce Marion! Tan hermosa, tan feliz, tan intacta por la preocupación y el sufrimiento, tan elevada y ensalzada en su belleza que mientras el sol poniente refulgió en su rostro erguido bien podría haber sido un espíritu venido a la tierra para llevar a cabo una misión redentora.
Aferrándose a su hermana, que se había desplomado en un asiento y se inclinaba sobre ella, y sonreía a través de las lágrimas, y se arrodillaba frente a ella rodeándola con los brazos, y sin apartar la mirada de su rostro un solo instante y con el esplendor del ocaso sobre su frente, y con la apacible tranquilidad del atardecer congregándose a su alrededor, Marion finalmente rompió el silencio; su voz, calma, tenue, clara y agradable, en sintonía con el momento.