Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad —Pero, sin darse cuenta, Ă©l habĂa conquistado —dijo Marion, con una sonrisa dulce— otro corazĂłn antes de que yo supiera que tenĂa uno por ofrecerle. Ese corazĂłn (el tuyo, hermana mĂa) estaba tan entregado a mĂ, con toda su ternura, la otra clase de ternura, era tan abnegado y tan noble que se despojĂł del amor y ocultĂł su secreto a todos los ojos salvo a los mĂos (¡ah, quĂ© otros ojos podrĂan aguzarse ante semejante ternura y semejante gratitud!), y lo sacrificĂł de buen grado por mĂ. Pero yo sabĂa de sus honduras. SabĂa la lucha que habĂa librado. SabĂa el elevado, el inestimable valor que tenĂa para Ă©l, y cuánto lo apreciaba Ă©l, al margen de cuánto me amase a mĂ. SabĂa la deuda que yo tenĂa para con ese corazĂłn. TenĂa su magno ejemplo ante mĂ a diario. SabĂa que, si me lo proponĂa, podrĂa hacer por ti, Grace, lo que tĂş habĂas hecho por mĂ. Nunca descansĂ© la cabeza en mi almohada, sino que roguĂ© con lágrimas en los ojos por saber compensarte. Nunca descansĂ© la cabeza en mi almohada, sino que pensĂ© en las palabras mismas de Alfred el dĂa de su partida, y la franqueza con que habĂa dicho (pues lo sabĂa por ti) que habĂa victorias que se ganaban dĂa a dĂa en los corazones que luchan frente a las que estos campos de batalla quedaban en nada. Pensando más y más en el enorme sacrificio alegremente soportado, en ningĂşn momento conocido ni reivindicado, que debĂa llevarse a cabo todos los dĂas y todas las horas, en esa gran contienda a la que Ă©l se referĂa, mi penitencia parecĂa tornarse liviana y llevadera. Y Él, que conoce nuestros corazones en este momento, cariño, y que sabe que no hay un ápice de acritud ni dolor (de nada salvo de pura felicidad) en el mĂo, me capacitĂł para tomar la decisiĂłn de que nunca llegarĂa a ser la esposa de Alfred. De que Ă©l fuera mi hermano y tu esposo, si el rumbo que yo enfilaba podĂa acarrear tan feliz final, pero que nunca (¡Grace, yo entonces lo amaba de veras, de veras!) llegarĂa a ser su esposa.